Mientros ultimo los detalles para pasar todo enero en NYC, leo en El País una buena noticia: se acaba de traducir al español la biografía de Leo Castelli, el galerista bohemio de los años 60, el que disparó las carreras de Warhol y Rauschenberg, entre muchos otros que marcaron la década.
Aquí copio la nota que lo cuenta mientras me apronto a acercar material fresco y de primera mano desde una ciudad que se mueve a un ritmo que me resulta familiar y amistoso.
Aquí va:
“A mediados de los setenta estalló en Nueva York el escándalo que sacó a la luz los manejos del marchante Frank Lloyd con el legado de Mark Rothko. El caso que enfrentó a los herederos de Rothko con Lloyd se cerró con una severa sentencia. Apremiado por el juez que instruía el caso, Lloyd hizo una afirmación que no dejaba lugar a dudas acerca de cuáles eran sus motivos: “Yo no colecciono arte, yo colecciono dinero”. El litigio desveló los engranajes de un negocio que en esencia consiste en traducir algo tan intangible como la creación artística pura en algo tan tangible como un cheque bancario. Leo Castelli (1907-1999), uno de los galeristas más legendarios del siglo XX, ocupaba entonces un lugar central en el mundo del arte neoyorquino, pero su caso, altamente emblemático entre los que ejercen su oficio, representaba justamente lo contrario. Se acaba de traducir al castellano Leo Castelli y su círculo, extensa biografía firmada por Annie Cohen-Solal, un libro apasionante que acomete con valentía y rigor la labor de desentrañar el enigma de un hombre que cambió las leyes del coleccionismo desde su mítica galería del SoHo. A la ocasión editorial se suma estos días otra expositiva: la Fundación Juan March dedica en Palma una muestra-homenaje a Castelli a partir de nueve grabados de artistas de su galería como Roy Lichtenstein, Ellsworth Kelly o Ed Ruscha.
En París, aunque los designios del Tercer Reich para con los judíos europeos no dejaban ya lugar a dudas, Leo e Ileana abrieron una galería en la Place Vendôme, en la que exhibieron obras, entre otros, de Max Ernst y Dalí, así como muebles y objetos de diseño. El estallido de la II Guerra Mundial hizo que los Castelli buscaran refugio en Cannes. La caída de París les obligó a abandonar definitivamente Francia. Tras unas Navidades en Marraquech, atravesaron España camino de Nueva York. Corría el año 1941. Una de las primeras cosas que hizo Castelli nada más desembarcar en Ellis Island y obtener permiso para trasladarse a Manhattan fue visitar el MoMA. Nada volvería a ser como hasta entonces.
Annie Solal-Cohen describe con la misma minuciosidad que dedica a los años europeos el lento proceso de fermentación que acabó por convertir a Leo Castelli en el galerista más importante de su tiempo. El aprendizaje pasó por fases muy distintas, incluyendo tener que dirigir una fábrica textil, de la que Castelli se escapaba en cuanto le resultaba posible, para sumergirse en los ambientes artísticos del Nueva York de la época. Castelli modeló su oficio siguiendo de cerca la lección de dos importantes figuras de la escena artística neoyorquina: Alfred Barr, el visionario director del MoMA, y el crítico de arte Clement Greenberg. De su mano llevó a su práctica un elemento de rigor ético e intelectual distintivos de su conducta como galerista.
Los años clave de su lento aprendizaje neoyorquino, calificados por su biógrafa como la década más extraña de su vida, fueron los que mediaron entre 1946 y 1956. Leo Castelli necesitó todo aquel tiempo para incubar su inequívoca vocación. Durante aquella época también sufrió una radical transformación el ambiente artístico de Nueva York. En 1957, con 50 años cumplidos, Castelli abrió su primera galería, en su propia casa, para mostrar el trabajo de grandes maestros del modernismo europeo y estadounidense.
Más adelante vendría la legendaria galería del SoHo, ubicada en el número 420 de West Broadway. Por espacio de cuatro décadas, desde finales de los cincuenta hasta finales de los noventa, Castelli presentó al mundo a algunos de los artistas estadounidenses más importantes de su tiempo. La nómina de purasangres que formaban parte de su establo con Jasper Johns, Robert Rauschenberg, Frank Stella y Roy Lichtenstein a la cabeza, incluye a artistas del calibre de Ellsworth Kelly, Richard Serra, Donald Judd, Dan Flavin, Robert Morris, Ed Ruscha, Bruce Nauman, Cy Twombly, Andy Warhol, James Rosenquist y Claes Oldenburg. En el centro de la visión de Castelli hay una ausencia que explica su actitud general hacia el arte. Para él todo empieza y acaba con Marcel Duchamp. “La figura clave de mi galería es alguien cuya obra no he expuesto jamás, Marcel Duchamp. Los pintores que no han sido influidos por él no tienen cabida aquí”. La afirmación permite desvelar al menos parcialmente el misterio. Castelli, como supo ver Jasper Johns nada más conocerlo, “había nacido para vender, ya fuera una póliza de seguros a sí mismo o unas latas vacías que había que hacer pasar por arte”. Pero eso, con ser parte esencial, no podía serlo todo. A diferencia de lo que dijo de sí mismo Frank Lloyd, Castelli no coleccionaba dinero, sino arte”.
©Eduardo Hidalgo para El País

